Recuerdo la primera vez que leí a Vallejo. Fue en la ‘Rambla paralela’, un libro que se mueve entre el pasado y el presente del protagonista y narrador, “Fernando Vallejo”, que no puede equipararse con el autor de mismo nombre (aunque las coincidencias abrumen). Fernando visualiza allí su propia muerte lejos de su tierra, lejos de sus costumbres, de sus vicios, de sus recuerdos. Me impresionó, y mucho. Tanto así que no podía creer que existiera una casa editorial capaz de apoyar con tanta contundencia –como después lo pude comprobar– a un escritor que hablara tan abiertamente en contra de tantas cosas que hoy generan no solo mucho respeto –o temor– sino también mucho dinero, como por ejemplo la propia Iglesia Católica. Sin entrar ya a profundidad sobre lo fuertes que eran sus observaciones en contra de la reproducción de la especie humana y de la mujer como principio de casi todos los males que aquejan a la sociedad contemporánea.
En ese momento sólo pude pensar: ¿y de dónde salió este señor? El choque había sido fuerte, tanto como la seriedad y la contundencia de cada una de las ideas manifestadas por él no solo a través de sus libros (donde hay un alto componente de ficción que acá no se pretende entrar a dilucidar), sino en las decenas de columnas de opinión y entrevistas que pude leer de él y sobre él, y que me hicieron considerarlo merecedor de toda la admiración y el respeto que un tipo simple como yo le puede tener a otra persona. Por ahí dicen que el éxito en la vida consiste en ganarse el respeto de las personas inteligentes (por supuesto no lo digo por mí), y Fernando Vallejo es, sin duda, un tipo exitoso.
Claro, eso a él, al que hoy valoro por lo que ha hecho con las virtudes que la vida le concedió, le debe importar un carajo, como muchas otras cosas, pero desde ese momento me sentí conforme con la idea de ser parte de una grupo, de una legión. Me sentí a gusto con la idea de ser un vallejista.
Podrá sonar muy atrevido, y hasta ridículamente solemne, pero si Fernando González tuvo en el nadaísmo su trinchera de confianza, y Tomás Carrasquilla al costumbrismo como su Plaza de Bolívar, ¿por qué no pensar en el vallejismo como corriente artística? Las condiciones están dadas: tiene sustento, tiene características propias que distinguen su estilo de otras corrientes, ha sabido poner a conversar la ficción con la realidad y dejarnos en un eterno y complejo interpretar, y ya muchos han encasillado la fragancia vanguardista y libertaria de sus libros en algo denominado “sicaresca”.
Retrato de un hombre sin máscaras
Vallejo es un hombre no muy alto, no muy bajo. No habla ni muy duro ni muy suave a través de un acento que caracteriza a la región paisa del resto de este país –o muladar, como diría él–. Nació y creció en una familia donde el arte y la política se entremezclaban tan íntimamente como el poder y la soledad. De origen cristiano y conservador, fue testigo de primera mano de las atrocidades cometidas por la violencia partidista; como pocos disfrutó de una Medellín mágica, que se dejaba seducir desde los bares de Guayaquil, acompasada de uno que otro bolero del infaltable Julio Jaramillo.
Se hizo biólogo, y a la par de su amor por la lectura desarrolló con la misma intensidad una relación muy estrecha con los animales. No en vano gran parte de sus recursos los destina a causas benéficas a favor de los animales tanto en Colombia como en México y Venezuela.
Es la serie denominada “El río del tiempo” (la que escribió un poco a la ligera y antes de tiempo, me lo confesó no hace mucho), donde se encuentran las novelas ‘Los días azules’, ‘Los caminos a Roma’ y ‘Años de indulgencia’, la que lo dio a conocer en buena parte de Latinoamérica como un escritor versátil y comprometido con una causa. Claro, también ayudó a que su nombre sonara aun más el premio Rómulo Gallegos, que obtuvo en 2003 con su vertiginosa novela ‘El desbarrancadero’. Ésta, si bien no hace parte de la serie que mencioné arriba, también le sirve para exponer sus postulados crudos y reales sobre la religión, la política y el ejercicio libre de la sexualidad sin fines reproductivos.
Para no ir más lejos, esto fue lo que dijo en su discurso cuando fue a recibir el premio en Caracas el 2 de agosto de 2003. Palabras que, como bien ha sucedido siempre con él, se prestan para confundir aún más a los miopes que no identifican a Fernando el escritor y al otro “Fernando”, el narrador, el intermediario de las novelas:
“Como ustedes, o la mayoría de ustedes, yo nací en la religión de Cristo y en ella me bautizaron. Pero en ella no me pienso morir. Si Cristo es el paradigma de lo humano, la humanidad está perdida. (…) Dios no existe. Dios es un pretexto, una abstracción brumosa que cada quien utiliza para sus fines y acomoda a la medida de su conveniencia y de sus intereses.”
Se nacionalizó mexicano, donde lleva varias décadas viviendo. La nacionalidad colombiana la rechazó para luego volver a convertirse en nacional de este país por arrebatos que no vienen al tema. Pero vale la pena añadir los que él adujo en su momento: “a un país como Colombia es imposible dejarlo de querer, tanto así que lo quiero ver muerto”.
Tal vez por ello, por ese desparpajo y cruda honestidad que maneja al exponer y desarrollar sus tesis, es que Vallejo es de los pocos autores que merecen ser llamados “maestro”. Y no por lo digo por seguir la perversa costumbre de decenas de personas –sobre todo mercachifles con un carné de periodistas– que tienen el adular como instrumento de oficio para ganarse la confianza ajena, sino porque, sin quererlo y con su muy bien afinado estilo, Vallejo ha logrado cambiar ideas y generar reflexión en cada una de las personas que se han detenido en el análisis de sus publicaciones, sean libros, películas, columnas de opinión.
Si usted se ha tomado su tiempo y ha leído con atención, es posible que tenga una lectura diferente pero en algo podemos coincidir: Vallejo es un subversivo, de esos que sin rebajarse al grado de primate con fusil en mano, pervierten el orden con el objeto de sacudir cabezas, de crear confusión, de revolucionar las ideas y las costumbres mojigatas e hipócritas de una sociedad estática como la colombiana. Pero sobre todo, y por encima de todo, es un escritor, un creador que evita esos lugares comunes, los estereotipados fundamentos de la vida que siguen concediéndole más importancia a la forma que al fondo, que siguen creyendo en la felicidad, que siguen comprando compulsivamente y que tienen al gran “jeque”, a la quintaesencia de la literatura colombiana, el señor Gabriel García Márquez, como ícono de bolsillo, de esos que se mencionan en una conversación cualquiera para impresionar a los más y a los demás.
Fernando Vallejo, lo tengo bastante claro, es polémica pura: de esa que construye, que alerta, que abre los ojos a las malas, como muchas veces enseña la vida. Como él mismo ha sentenciado sarcásticamente muchas veces, todo lo que rodea su vida deja de tener sentido si se piensa dos veces, porque al fin y al cabo sus ideas, pataletas, denuncias, triunfos y fracasos nunca dejarán de ser lo que siempre han sido… “¡cosas de maricas!”. Y si lo dice él, ¿por qué rebatirlo? Al fin y al cabo, es su decisión y su mirada, y de allí ha salido literatura de la buena.
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